Por: Redacción
El futbol es una cosa; lo que la gente hace con los resultados es otra muy distinta
México venció 3-0 a República Checa y la estadística quedó escrita para los libros: por primera vez en su historia mundialista, el Tricolor ganó sus tres partidos de la fase de grupos sin recibir un solo gol. Los nombres de Mateo Chávez, Julián Quiñones y Álvaro Fidalgo quedaron ligados a la noche. También el de Guillermo Ochoa, quien ingresó a los 77 minutos para disputar su sexto Mundial.
Pero en las tribunas ocurría otra historia.
Porque el partido, en realidad, terminó mucho antes de que el árbitro señalara el final. Terminó cuando la afición entendió que nada malo iba a pasar. Que esta vez no habría sobresalto de último minuto, ni error inexplicable, ni esa vieja sensación de que algo estaba destinado a salir mal. Entonces llegó el alivio. Y después, la fiesta.
La selección necesitaba ganar. La gente necesitaba creer.
Por eso, cuando el marcador ya mostraba una ventaja cómoda y el reloj avanzaba sin amenazas, las 80 mil 824 personas reunidas en el estadio parecían estar celebrando algo más profundo que tres puntos. Celebraban una posibilidad.
La aparición de Ochoa fue el mejor ejemplo.
A los 77 minutos, el veterano arquero caminó hacia la portería con una mezcla extraña de serenidad y alegría contenida. No había prisa. Tampoco nervios. El partido estaba resuelto. Lo que venía era un homenaje espontáneo.
“¡Olé, olé, Memooo, Memooo!”
El grito nació en un sector y en segundos se volvió una sola voz. Una ola sonora que recorrió las gradas y descendió hasta la cancha. Ochoa levantó apenas la mirada. Sonrió. Lo justo. Como quien entiende que hay momentos que no le pertenecen a una persona sino a todos los que los están viviendo.
No cualquier futbolista juega seis Mundiales.
No cualquier futbolista lo hace en casa.
Y no cualquier afición encuentra una excusa tan perfecta para agradecer.
Porque eso era. Un agradecimiento.
La gente llevaba días esperando una señal. Un motivo. Un argumento para soltarse. Para abrazar desconocidos. Para cantar sin importar la afinación. Para ondear banderas que ya no parecían de tela sino extensiones de un mismo sentimiento.
El «Cielito Lindo» apareció una vez más, inevitable. Como aparece siempre que México gana algo importante o cuando simplemente necesita convencerse de que sigue unido. Miles de voces desafinadas encontraron una melodía común. Los celulares iluminaron las gradas. Los niños se subieron a los hombros de sus padres. Los vendedores dejaron de ofrecer refrescos durante unos segundos para mirar la cancha y cantar también.
La celebración ya no tenía relación directa con el juego.
Era otra cosa.
Era la alegría de sentirse parte de una multitud que por un instante parecía invencible. La sensación antigua de que los problemas quedan afuera del estadio y que dentro existe una pequeña república gobernada por el optimismo.
Durante unos minutos, nadie pensó en octavos de final ni en posibles rivales. Nadie hizo cálculos. Nadie revisó estadísticas. La gente se permitió el lujo, cada vez más raro, de disfrutar el presente.
Quizá por eso la ovación a Ochoa sonó diferente.
Quizá por eso cada pase era celebrado como una promesa y cada canción parecía durar más de lo normal.
La selección ganó un partido histórico.
La afición ganó algo más difícil de medir.
Ganó una noche para recordar.
Porque al final los resultados envejecen, los récords terminan superados y las estadísticas encuentran nuevos dueños. Lo que permanece son esas escenas imposibles de registrar por completo: el desconocido que abraza al desconocido, el padre que carga a su hijo para que vea mejor, la señora que canta con lágrimas en los ojos, el estadio entero convertido en una sola garganta.
México ganó 3-0.
Pero lo que realmente ocurrió fue que más de 80 mil personas encontraron el pretexto que estaban esperando para ser felices juntas.
Y hay que ser de palo para no contagiarse.

