Por María Jaramillo Alanís
Morena ya enseñó sus cartas para 2027. Y lo hizo con una larga jornada de definiciones que dejó algo más que nombres: dejó señales de cómo se está repartiendo el poder dentro del partido que alguna vez prometió acabar con las viejas prácticas de la política mexicana.
El 28 de septiembre, Morena cerró la designación de sus 17 coordinaciones estatales rumbo a las elecciones de 2027. Formalmente no son todavía candidaturas, pero en los hechos constituyen el principal paso previo para quienes buscarán encabezar las boletas por las gubernaturas.
Y aquí comienza lo verdaderamente interesante.
Porque una cosa es hablar de transformación y otra muy distinta es practicarla. Morena parece cada vez más ocupado en administrar el poder que en transformar la política.
El caso de Nuevo León es particularmente significativo. Clara Luz Flores volverá a buscar la gubernatura después de haber perdido en 2021 frente a Samuel García. Morena asegura que su elección derivó de dos encuestas, una telefónica y otra en vivienda. La propia Flores explicó que obtuvo 8.6 puntos en el ejercicio y que Tatiana Clouthier quedó muy cerca.
Pero el dato político es otro: Morena vuelve a poner a competir a una candidata que ya perdió esa elección. Y eso, por supuesto, no significa que no pueda ganar una segunda oportunidad. Significa que el partido decidió apostar nuevamente por un perfil que ya fue derrotado electoralmente.
En Chihuahua ocurrió otra definición que exhibió las tensiones internas: Cruz Pérez Cuéllar fue colocado por encima de Andrea Chávez. La decisión provocó expresiones de inconformidad entre simpatizantes de la senadora con licencia.
En Sonora, la designación de Lorenia Valles también estuvo acompañada de reclamos de militantes que cuestionaron una supuesta imposición vinculada al gobernador Alfonso Durazo, una acusación que corresponde a quienes la formularon y que no debe confundirse con un hecho acreditado.
Y mientras Morena presume unidad, las fotografías y los acontecimientos de estos procesos cuentan una historia mucho más compleja.
Hay unidad, sí, pero una unidad que primero tuvo que ser negociada. Y aquí aparece la pregunta que Morena todavía tendrá que responder:
¿Qué queda del movimiento que prometió cambiar la forma de hacer política?
Porque Andrés Manuel López Obrador construyó Morena alrededor de una narrativa muy concreta: combatir el régimen de privilegios, terminar con el dedazo, desplazar a las cúpulas y devolverle al pueblo el poder de decidir.
Hoy, sin López Obrador al frente del partido, Morena enfrenta justamente aquello que enfrentaron los partidos que alguna vez cuestionó: la lucha interna por las candidaturas, los grupos, las cuotas, las alianzas y los intereses territoriales.
No es ilegal. No es extraño…Es política.
Pero sí resulta políticamente relevante para un partido que hizo de la transformación de las prácticas políticas una de sus principales banderas.
Y Tamaulipas será una prueba particularmente importante.
Aquí todavía falta conocer quiénes serán los operadores que Morena colocará al frente de sus estructuras municipales y distritales.
Se da la disputa por las alcaldías. Las diputaciones locales. Las diputaciones federales.
Y, por supuesto, las posiciones que hoy ya están provocando movimientos dentro del Congreso y del Gobierno estatal.
Porque no es ningún secreto que varios integrantes de la 66 Legislatura tienen aspiraciones electorales.
Algunos quieren alcaldías. Otros quieren una diputación federal. Otros buscarán repetir en el Congreso local.
Y también habrá funcionarios estatales que intentarán cambiar el escritorio por una candidatura.
El problema no es que aspiren. El problema sería creer que el cargo actual se convierte automáticamente en votos.
No. La nómina no vota. La estructura no vota. El grupo político tampoco vota.
Vota la gente.
Y esa es precisamente la variable que cualquier partido puede olvidar cuando se encierra demasiado tiempo en sus oficinas y deja de escuchar lo que ocurre afuera.
En Tamaulipas, Morena tendrá que decidir si construye candidaturas desde la sociedad o desde las cúpulas.
Si privilegia perfiles competitivos o acuerdos internos. Si escucha a sus bases o simplemente les comunica las decisiones ya tomadas.
Porque una cosa es ganar una encuesta interna y otra muy distinta convencer a los ciudadanos.
Y otra más difícil todavía: conservar la confianza de quienes hicieron posible el crecimiento electoral de Morena.
Ahí está el verdadero desafío. No se trata de saber quién tiene más padrinos. Ni quién tiene más amigos en Palacio. Ni quién tiene más fotografías con dirigentes. Ni quién puede presumir una estructura burocrática.
Se trata de saber quién puede convencer al ciudadano de que representa algo más que una candidatura.
Porque Morena puede nombrar coordinadores. Puede repartir posiciones. Puede negociar con sus aliados. Puede construir acuerdos. Puede cerrar filas. Pero no puede nombrar al ciudadano que acudirá a votar.
Ese ciudadano sigue teniendo la última palabra.
Y quizá ahí esté la gran paradoja de Morena: llegó al poder denunciando que los partidos tradicionales habían olvidado al pueblo y ahora corre el riesgo de que el pueblo termine preguntándose si Morena también comenzó a olvidarlo.
El llamado Proyecto Alternativo de Nación no fue solamente una consigna electoral. Fue la promesa de cambiar la relación entre gobierno y sociedad.
Por eso el verdadero examen de Morena no estará en sus congresos, en sus encuestas ni en sus reuniones privadas. Estará en las urnas.
Y Tamaulipas será uno de los laboratorios donde se podrá medir cuánto queda de aquel movimiento y cuánto ha cambiado Morena después de llegar al poder.
Porque los partidos pueden cambiar de dirigentes. Pueden cambiar de candidatos. Pueden cambiar de discurso. Pero hay algo que no pueden cambiar: la memoria del ciudadano.
Y si Morena decide caminar hacia 2027 pensando que el poder garantiza el voto, quizá descubra demasiado tarde que una candidatura puede imponerse dentro de un partido… pero una elección solamente se gana frente al pueblo.
Desde mi atalaya, el pragmatismo de y servilismo de Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, dejan al descubierto que en México el monstruo de la corrupción sigue cabalgando, y los espectadores se lo haremos saber en las urnas…me canso ganso.
Morena un partido-movimiento que no terminó de construirse y que en poco tiempo ha demostrado que el Poder todo lo carcome.
Desde Mi Trinchera…

