Golpe a golpe
Por Juan Sánchez Mendoza
El más reciente ‘placeo’ de Andrés Manuel López Obrador, en las calles de Palenque, Chiapas –donde se localiza su finca llamada ‘La Chingada’–, ha causado revuelo entre sus panegiristas, quienes alimentan la versión de su regreso a la palestra política para asumir un papel protagónico dentro de Movimiento Regeneración Nacional (morena).
Y no es para menos, porque el tabasqueño construyó durante décadas una estructura política alrededor de su figura, hasta convertirse en principal referente de la izquierda electoral mexicana; y posteriormente en el hombre que llevó a morena a la Presidencia de la República.
Pero una cosa es dejarse ver y otra, muy distinta, regresar al ejercicio directo del poder.
Ganas no le faltarían, supongo. Después de todo, quien durante tantos años hizo de la política una forma de vida difícilmente puede desprenderse de ella de la noche a la mañana. La enfermedad del poder –esa necesidad de seguir influyendo aun cuando formalmente se ha abandonado el cargo–, no es patrimonio de una ideología ni de un partido. Ha acompañado a buena parte de quienes han ocupado los pináculos político-administrativos.
Sin embargo, no considero al ‘Peje’ un insensato, al menos cuando se trata de sus propios principios y de las reglas que durante décadas utilizó para cuestionar a quienes pretendieron ejercer el poder desde las sombras. Y ahí está precisamente la contradicción.
En los doce años que militó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), López Obrador conoció desde dentro las entrañas de un sistema político acostumbrado a prolongar el poder más allá de los periodos constitucionales. Fue un crítico de aquellas prácticas y, con el paso del tiempo, hizo de esa crítica una de sus principales banderas.
Basta recordar su crítica al llamado Maximato.
Después del asesinato del general Álvaro Obregón Salido, Plutarco Elías Calles se convirtió en la figura política dominante, aun cuando ya no ocupaba formalmente la Presidencia de la República. Emilio Cándido Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez Luján encabezaron sucesivamente el Poder Ejecutivo, mientras Calles conservaba una enorme capacidad de influencia sobre el rumbo político nacional.
Aquello era, precisamente, el poder tras el trono.
Andrés Manuel conoció también otro episodio que, seguramente, aún permanece en su memoria política: el intento de Luis Echeverría Álvarez de conservar influencia durante el gobierno de José López Portillo.
Para entonces, el tabasqueño era dirigente estatal del PRI en su tierra natal y observaba desde una posición privilegiada los movimientos de quienes pretendían prolongar su influencia más allá del cargo.
De ahí que resulte difícil imaginar que ahora pretenda convertirse en aquello que durante buena parte de su trayectoria política combatió.
Porque si algo ha caracterizado al discurso de López Obrador ha sido precisamente su rechazo a los poderes fácticos, a los grupos que gobiernan desde la sombra y a los expresidentes que intentan seguir conduciendo los destinos nacionales después de entregar el bando.
Por eso, quienes hoy sugieren que su eventual regreso podría producirse mediante la dirigencia nacional de morena, parecen olvidar al López Obrador que ellos mismos ayudaron a construir.
No tendría demasiado sentido que quien durante años cuestionó a los expresidentes que pretendían mandar después de concluir su mandato terminara convirtiéndose en un dirigente partidista, con capacidad para influir directamente en las decisiones de un gobierno encabezado por alguien que llegó al cargo con una plataforma política construida, en buena medida, sobre su propio legado.
El asunto, además, no puede analizarse fuera de las circunstancias actuales.
Morena ya no es el movimiento incipiente que Andrés Manuel lideró durante años. Está convertido en un partido con una estructura nacional, con gobernadores, legisladores, alcaldes, dirigentes, grupos internos y, sobre todo, con aspiraciones propias. También es una organización en la que comienzan a cobrar fuerza nuevas generaciones de políticos que buscan ocupar los espacios que alguna vez estuvieron reservados casi exclusivamente para el fundador del movimiento.
Bajo este escenario, un eventual regreso del tabasqueño a la dirigencia partidista no sería un asunto menor. Alteraría equilibrios, modificaría correlaciones internas y volvería a colocarlo en el centro de decisiones que, constitucional y políticamente, ya no le corresponden.
Y ahí aparecería la paradoja.
Quienes alguna vez denunciaron el presidencialismo excesivo, el caudillismo y la permanencia de los expresidentes detrás de sus sucesores terminarían justificando exactamente lo que durante décadas señalaron como una deformación del ejercicio democrático del poder.
Por tanto, una cosa es que López Obrador conserve influencia política –sería ingenuo pensar que doce años de militancia priista, décadas de actividad partidista, tres campañas presidenciales y seis años en Palacio Nacional, pueden desaparecer simplemente porque dejó el cargo–, y otra es pretender que esa influencia se transforme en una conducción formal de morena.
El tabasqueño puede opinar, escribir, reunirse con sus simpatizantes, recibir visitas en Palenque, aparecer públicamente cuando lo considere conveniente y mantener comunicación con dirigentes y personajes de su movimiento. Nada de ello, por sí mismo, significa que pretenda regresar al poder.
Tampoco todo acto de presencia debe interpretarse como un destape.
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