Por María Jaramillo Alanís
Quince años después de su nacimiento como movimiento político, Morena vuelve a pronunciar las palabras que le dieron identidad y que, con el paso del tiempo, se han convertido también en una exigencia para quienes hoy ejercen el poder: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
La pregunta es inevitable: ¿qué ha pasado con aquel movimiento que nació bajo la bandera de regenerar la vida pública de México? ¿Cuánto ha cambiado el país y cuánto falta por transformar? Y, sobre todo, ¿qué significa hoy Morena para los millones de mexicanos que depositaron su confianza en Andrés Manuel López Obrador y que ahora esperan la continuidad de ese proyecto bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum?
La celebración del decimoquinto aniversario, en el Auditorio Nacional, reunió a dirigentes, gobernadores, legisladores, integrantes del gabinete y militantes que reivindicaron el legado de López Obrador. Hubo llamados a la unidad, reconocimiento a los fundadores y reiteración de los principios que, desde su origen, buscaron distinguir al movimiento de los partidos tradicionales.
La presidenta nacional, Ariadna Montiel Reyes, recordó que los cargos públicos no deben alejar a los políticos de las causas sociales ni el poder separarlos de la gente. Alfonso Durazo, por su parte, insistió en la necesidad de mantener la cohesión interna y la alianza con el Partido del Trabajo y el Partido Verde.
Discursos necesarios, sin duda. Pero la unidad partidista, por sí sola, no garantiza la transformación de un país. Tampoco basta con invocar la memoria del fundador para acreditar que sus principios siguen vigentes. La verdadera prueba está en los hechos, en la conducta de los gobernantes y en la capacidad de responder a las necesidades de la población.
Porque Morena ya no es únicamente aquel movimiento que recorría plazas y comunidades para denunciar los abusos del poder. Desde 2018 se convirtió en una fuerza gobernante y, con ello, adquirió responsabilidades que van mucho más allá de la movilización política y las consignas.
- ¿Qué ha cambiado en México?
Sería injusto negar los avances. La política de recuperación del salario mínimo representó un cambio importante después de décadas en las que el poder adquisitivo de los trabajadores perdió terreno. Entre 2018 y 2024, el salario mínimo general acumuló un incremento real de 116.4 por ciento, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.
La misma institución estimó que, durante ese periodo, la pobreza multidimensional disminuyó de 41.9 a 29.6 por ciento. Son resultados que merecen reconocerse, especialmente porque detrás de las cifras hay familias que recuperaron capacidad de compra y personas que pudieron mejorar sus ingresos.
Sin embargo, reconocer los avances no obliga a cerrar los ojos ante lo que sigue pendiente. El aumento del salario mínimo no significa que todos los trabajadores hayan recibido una mejor remuneración en la misma proporción. Tampoco garantiza, por sí solo, que el ingreso alcance para cubrir vivienda, alimentación, transporte, salud, educación y otros gastos indispensables.
El país continúa enfrentando el desafío de generar empleos formales, elevar la productividad, fortalecer los servicios públicos y reducir las desigualdades que separan a las regiones y a los distintos sectores sociales. Una cosa es mejorar los indicadores y otra lograr que el bienestar se sienta de manera sostenida en todos los hogares.
La transformación, por tanto, no puede medirse exclusivamente por los aumentos salariales, los programas sociales o la popularidad de un dirigente. También debe evaluarse por la calidad de la atención médica, las oportunidades para los jóvenes, la seguridad de las familias, la educación, el acceso al agua y la posibilidad de vivir sin miedo.
Ahí se encuentra buena parte de la deuda que cualquier gobierno debe reconocer y atender.
- López Obrador: el liderazgo que cambió el mapa político
Para millones de mexicanos, Andrés Manuel López Obrador significó mucho más que la llegada de un nuevo presidente. Representó la posibilidad de desplazar a una élite política que durante décadas había concentrado el poder y de colocar en el centro del discurso público a los sectores históricamente relegados.
Su llegada a Palacio Nacional en 2018 modificó el escenario político, fortaleció a Morena y abrió una etapa de mayor protagonismo para los programas sociales y la recuperación salarial. Su discurso contra los privilegios y la corrupción conectó con una sociedad cansada de promesas incumplidas.
Pero los movimientos políticos también enfrentan una prueba cuando sus fundadores dejan el gobierno: demostrar que sus principios pueden sostenerse sin depender exclusivamente de una figura.
Morena tiene hoy esa responsabilidad. No puede vivir eternamente de la evocación de López Obrador ni convertir su legado en una especie de credencial que dispense a sus dirigentes de rendir cuentas. La lealtad a un proyecto no se demuestra con fotografías, homenajes o aplausos, sino con resultados y congruencia.
Si la consigna es no mentir, la información pública debe ser clara. Si se promete no robar, la transparencia y la investigación de las denuncias deben aplicarse sin excepciones. Y si se afirma que no se traicionará al pueblo, las decisiones deben responder al interés colectivo y no a las conveniencias de grupos políticos.
La ética no puede ser una exigencia para los adversarios y una excepción para los propios.
- El poder también desgasta y Morena no está exento
Uno de los mayores riesgos para un movimiento que nació cuestionando los excesos de otros partidos es terminar reproduciendo algunas de las prácticas que prometió erradicar.
Los señalamientos de corrupción, los cuestionamientos por gastos y privilegios, las disputas internas y las denuncias sobre posibles vínculos entre actores políticos y grupos criminales exigen respuestas serias.
No basta con pedir unidad cuando existen diferencias. La unidad que necesita México no es la que silencia las críticas, sino la que permite corregir errores y exigir responsabilidades. Un partido que gobierna debe aceptar que la rendición de cuentas no debilita la democracia: la fortalece.
Por eso, la pregunta que debió acompañar la celebración del aniversario es tan sencilla como incómoda: ¿están todos los dirigentes y funcionarios de Morena a la altura de los principios que proclaman?
La respuesta no puede resolverse en un templete. Debe encontrarse en el ejercicio cotidiano del poder.
- Quince años después, la pregunta sigue en pie
Morena nació como movimiento en 2011 y obtuvo su registro como partido político nacional en 2014. Son dos fechas distintas de una misma historia: la de una organización que pasó de la movilización social a convertirse en una de las fuerzas políticas determinantes del país y en el partido que encabeza el gobierno federal.
Quince años después de su fundación como movimiento, ya no puede responder a las exigencias de la sociedad únicamente con la promesa de que todo será diferente. La ciudadanía tiene derecho a preguntar, comparar, reconocer los avances y señalar los pendientes.
¿Qué significa Morena hoy para el pueblo de México?
Para unos, la posibilidad de conservar derechos sociales, mejorar sus ingresos y mantener abierto un camino de cambio. Para otros, la preocupación de que el poder termine concentrándose y de que las promesas de regeneración no siempre se traduzcan en instituciones más eficaces y transparentes. Estas distintas percepciones forman parte de una discusión pública que debe resolverse con hechos.
A Claudia Sheinbaum le corresponde conducir esta etapa del proyecto y demostrar que la continuidad no significa inmovilidad, que el legado no sustituye a los resultados y que la transformación también implica reconocer y corregir sus propias deficiencias.
Porque la historia no se detiene en los aniversarios ni se escribe con discursos. Se escribe con decisiones que mejoran la vida de la gente, con instituciones que funcionan, con gobernantes que rinden cuentas y con una sociedad que conserva el derecho de cuestionarlos.
Quince años después, Morena tiene motivos para recordar sus orígenes, pero también obligaciones que no puede eludir.
La esperanza que acompañó su nacimiento no es una propiedad del partido ni una concesión de sus dirigentes: pertenece a los ciudadanos que confiaron en él.
Y esa esperanza no se honra repitiendo una consigna, sino cumpliéndola.
No mentir, no robar y no traicionar al pueblo: tres principios que no deberían servir únicamente para celebrar el pasado, sino para examinar, todos los días, el presente de quienes hoy gobiernan México.
Bravo por Morena y sus logros en este trayecto de sus quince. Aunque es harto penoso que sigan repartiendo “candidaturas” como volantes a comadres, cuates y amigazos, como lo hacía el prian.
Les queda demostrar con hechos que son diferentes y no solo simularlo.
Fotitos, discursos, cebollazos y elogios mutuos… dan pereza.
Desde Mi Trinchera.

