Taddei y la enfermedad del poder
Por María Jaramillo Alanís
Hay personajes que no entienden que el poder tiene fecha de caducidad, pero también hay gobiernos que tardan demasiado en reconocer que ciertas herencias no se administran: se arrastran. Guadalupe Taddei Zavala parece encarnar esa contradicción. Una rémora del pasado que Morena toleró, apapachó y sostuvo, quizá bajo la ingenua convicción de que la Cuarta Transformación podía limpiar nombres, neutralizar sospechas y amarrar las manos de quienes, desde las instituciones, conservaban viejas mañas y compromisos.
Pero el poder no funciona con estampitas de lealtad ni con indulgencias políticas.
La historia de Taddei, marcada ahora por los escándalos que sacuden al Instituto Nacional Electoral, exhibe algo más que una crisis personal: desnuda el costo de las concesiones, de los cálculos equivocados y de la confianza depositada en personajes que terminan convirtiéndose en lastres.
La rémora que Morena apapachó
Morena no puede fingir que Guadalupe Taddei apareció de la nada ni que su permanencia al frente del INE fue una circunstancia ajena a las decisiones políticas de su tiempo.
La toleró. La respaldó. La dejó navegar.
Quizá creyó que la nueva etapa política bastaba para garantizar que los nombres quedaran limpios y las manos amarradas. Quizá supuso que el discurso de transformación sería suficiente para contener las inercias de una institución que arrastraba intereses, compromisos y relaciones difíciles de desmontar.
Pero la política tiene una regla elemental: no basta con cambiar el discurso si se conservan intactas las estructuras que alimentaron los viejos vicios.
Y cuando las apuestas salen mal, el costo no lo paga únicamente quien ocupa el cargo. Lo paga también quien lo sostuvo, quien lo defendió y quien decidió mirar hacia otro lado.
La reina de un tablero ajeno
Taddei fue, durante un tiempo, la reina de un tablero que otros diseñaron.
Una pieza con poder institucional, colocada en una posición estratégica, cuya permanencia terminó convirtiéndose en una oportunidad política para sus adversarios.
Y aquí aparece la paradoja: mientras Morena creyó que podía administrar la relación con el árbitro electoral, la derecha jugó su propia partida. Esperó, movió sus piezas y aprovechó las fisuras.
En la guerra como en el amor, nadie tiene la última palabra más que los involucrados. En política, además, quien cree tener controlado el tablero puede descubrir demasiado tarde que solamente estaba jugando la partida de alguien más.
La derecha, en esta lectura, no necesitó necesariamente derribar todas las piezas. Le bastó con capitalizar las contradicciones, exhibir las vulnerabilidades y convertir el desgaste de Taddei en una victoria política.
El poder también enferma
La enfermedad del poder comienza cuando quienes lo ejercen dejan de entender que los cargos públicos no son patrimonio personal, que las instituciones no son negocios familiares y que los recursos públicos no están a disposición de amistades, socios o personajes influyentes.
Los señalamientos sobre contratos, proveedores y relaciones personales que rodean la gestión de Taddei obligan a exigir explicaciones. No bastan losdiscursos ni los deslindes tardíos. Se necesitan auditorías, responsabilidades y consecuencias.
La autonomía del INE no puede convertirse en un escudo para evitar la rendición de cuentas.
Y Morena tampoco puede refugiarse en la narrativa de que toda crítica es una embestida de la derecha. Hay momentos en que los adversarios aprovechan los errores propios porque alguien les abrió la puerta.
Una victoria que no necesariamente se ganó en las urnas
El desgaste de Taddei representa mucho más que el tropiezo de una funcionaria. Es una advertencia sobre los riesgos de sostener figuras que terminan comprometiendo la credibilidad de las instituciones y la narrativa de quienes las respaldaron.
La derecha puede anotarse una victoria política cuando consigue que el adversario cargue con sus propias contradicciones. Y Morena, si pretende conservar la legitimidad de su proyecto, tendrá que aprender que la transformación no consiste en apapachar nombres, sino en revisar conductas, corregir errores y romper con las prácticas que prometió desterrar.
Porque la enfermedad del poder no siempre se manifiesta en la caída de quien lo ejerce. A veces aparece en la obstinación de quienes se niegan a reconocer que una pieza ya se convirtió en un problema.
Taddei fue la reina de un tablero que la derecha jugó y ganó. Pero el verdadero perdedor puede ser quien creyó que tenía la partida bajo control.
Y esa es, quizá, la lección más incómoda para Morena: no todas las rémoras del pasado se hunden solas. Algunas terminan arrastrando a quienes decidieron mantenerlas a flote.
Allá ellos, usted agárrese bien, que lo mejor está por ver.
Desde Mi Trinchera…

