Ni los millones ni la soberbia: el voto manda.

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Por María Jaramillo Alanís

Las elecciones intermedias de Estados Unidos dejan algunas lecciones que los partidos políticos mexicanos deberían estudiar con atención. La derrota del proyecto de Donald Trump y el avance de los demócratas demuestran que ni las campañas millonarias ni la soberbia política garantizan la permanencia en el poder.

Aunque demócratas y republicanos tienen sus propias contradicciones y, en muchos aspectos, terminan pareciéndose más de lo que admiten, dos ejemplos de esta jornada electoral merecen especial atención.

Primera lección: el dinero no compra automáticamente la voluntad del electorado.

Elon Musk habría invertido alrededor de 500 millones de dólares en respaldar las campañas republicanas. Sin embargo, ni semejante fortuna parece haber podido contrarrestar el descontento de una ciudadanía preocupada por la economía, los precios y las decisiones de su gobierno.

Una advertencia que en México debería tomarse muy en serio: los recursos económicos, las estructuras partidistas y la propaganda pueden ayudar a ganar campañas, pero no necesariamente a conquistar la confianza de la gente.

Segunda lección: jamás subestimar ni despreciar al ciudadano.

El caso del cantante tex-mex Bobby Pulido es particularmente ilustrativo. Su adversaria lo descalificó llamándolo “cantante de quinceañeras y bautizos”. Lejos de sentirse ofendido o esconder su trayectoria artística, Pulido convirtió el insulto en una oportunidad: se lanzó a cantar gratuitamente en cuanta quinceañera y bautizo lo convocaron.

¡Qué manera de responder a la soberbia política!

Lo que su contrincante consideraba motivo de burla, él lo transformó en cercanía, simpatía y reconocimiento popular.

Y aquí es donde comienza la lección para México.

Nuestros partidos deberían entender que el ciudadano no necesita políticos que lo miren desde arriba, sino representantes que sepan escuchar, caminar las calles, compartir sus problemas y respetar sus formas de vida.

Deberían aprender que ningún insulto sustituye a un argumento, que ninguna chequera reemplaza a la credibilidad y que ningún aparato electoral puede garantizar indefinidamente la lealtad de una ciudadanía agraviada.

En México, donde las campañas suelen inundarse de promesas, propaganda y discursos cuidadosamente ensayados, convendría recordar que la política también se construye con humildad, sensibilidad y contacto auténtico con la gente.

Porque despreciar a una quinceañera, a un comerciante, a un campesino o a un ciudadano inconforme puede resultar mucho más costoso que perder millones en una campaña.

La lección es sencilla, pero parece que muchos políticos todavía no la aprenden: el poder puede comprarse, disputarse y heredarse políticamente, pero el respeto ciudadano jamás se obtiene por decreto. Y cuando se pierde, ni todo el dinero del mundo alcanza para recuperarlo.

Véanse en el espejo de Musk y Trump.

Pendientes de la nueva conformación política de los vecinos del norte.

Desde Mi Trinchera…