SET: La hidra de mil cabezas
Por María Jaramillo Alanís
En la Secretaría de Educación de Tamaulipas no hay incendios aislados. Lo que existe es una estructura enferma que produce conflictos como una fábrica produce tornillos. Cambian los nombres, cambian los municipios, cambian los protagonistas, pero el fondo permanece intacto: abuso de autoridad, corrupción burocrática, indiferencia institucional y un sindicato que desde hace décadas confunde la defensa laboral con el control político de la educación.
Esta semana la hidra volvió a mostrar varias de sus cabezas.
Por un lado, trabajadores de la Zona Escolar Número 82 llegaron hasta Palacio de Gobierno para pedir la intervención directa del gobernador Américo Villarreal Anaya. No acudieron por capricho ni por protagonismo. Llegaron porque aseguran que una supervisora señalada por acoso laboral, hostigamiento y abuso de autoridad continúa en funciones pese a existir una instrucción oficial para concentrarla en la jefatura de sector desde el pasado primero de junio.
La denuncia es grave, pero más grave es el desacato.
Cuando una resolución de la propia SET puede ignorarse sin consecuencia alguna, el mensaje hacia abajo es devastador: las órdenes se cumplen únicamente cuando convienen a los grupos de poder.
Los maestros denunciaron además que siete trabajadores fueron dados de baja de la plantilla y permanecieron cuatro quincenas sin salario. No estamos hablando de expedientes. Estamos hablando de familias. De padres y madres que dependen de ese ingreso para sobrevivir.
La consecuencia inmediata ha sido la suspensión de actividades en las escuelas Himno Nacional, La Corregidora y Juan B. Tijerina. Más de mil alumnos afectados y 122 trabajadores en paro permanente.
La educación, una vez más, convertida en rehén de las disputas administrativas.
Mientras tanto, en Tula ocurre prácticamente la misma historia.
Docentes y personal administrativo tomaron el CREDE y se manifestaron frente a Palacio de Gobierno exigiendo la destitución de un supervisor escolar al que acusan de múltiples irregularidades y de violentar los derechos laborales del personal. Las clases llevan más de una semana suspendidas y la inconformidad crece porque, según los manifestantes, las autoridades educativas simplemente habían optado por mirar hacia otro lado.
La presión fue tal que el secretario de Educación, Miguel Ángel Valdez García, tuvo que abandonar la comodidad del escritorio para escuchar personalmente los reclamos.
Esta vez no hubo margen para minimizar la protesta ni para despacharla con discursos burocráticos. Los maestros llegaron hasta la puerta del gobernador y obligaron a la SET a reaccionar.
Pero el problema no son solamente estos dos conflictos.
Son apenas síntomas.
Los brotes visibles de una enfermedad institucional mucho más profunda.
Durante años hemos documentado casos de agresiones contra estudiantes, abusos administrativos, exclusiones arbitrarias y decisiones que violentan los derechos de niñas, niños y adolescentes.
Ahí está el caso de la primaria Epigmenio García, donde padres denunciaron agresiones sistemáticas contra dos menores con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista. Ahí siguen las preguntas sin respuesta.
Ahí está también el caso de la Secundaria General 4 cuyo director, Esteban Carrizales Martínez ha optado por dejar fuera de la institución a niñas y niños de la zona para beneficiar a otros provenientes de sectores más alejados.
Y ahí permanece igualmente la denuncia sobre agresiones físicas contra alumnos que jamás encontró eco en las instancias judiciales responsables, atrapada entre la burocracia y la indiferencia.
Nada ocurre por casualidad.
Detrás de cada expediente archivado, detrás de cada denuncia ignorada, detrás de cada maestro protegido y detrás de cada funcionario intocable, aparece la misma sombra: una estructura construida durante décadas a base de compromisos políticos, favores sindicales y cuotas de poder.
La educación pública terminó convirtiéndose en territorio de negociación.
Muchos servidores públicos no llegaron por mérito ni por capacidad. Llegaron por recomendación.
Y cuando alguien debe su puesto a un padrino político o sindical, suele servir primero a quien lo colocó y después, si queda tiempo, a los estudiantes y a la educación.
Por eso los conflictos se multiplican. Por eso las denuncias se repiten. Por eso los padres desconfían y por eso los maestros terminan protestando en las calles.
La SET se parece cada vez más a una hidra de mil cabezas. Cortan una y aparecen tres más. Remueven a un funcionario y surge otro con los mismos vicios. Atienden un conflicto y brotan cinco nuevos.
La diferencia es que en la mitología la hidra era un monstruo fantástico.
En Tamaulipas, lamentablemente, es una realidad.
Y mientras las autoridades sigan confundiendo gobernar con administrar crisis, mientras el sindicato continúe ejerciendo poder sin asumir responsabilidades y mientras la educación pública siga siendo moneda de cambio político, los afectados seguirán siendo los mismos: los niños, los maestros y el futuro de Tamaulipas.
De la corrupción, las proveedurías, los contratos y los negocios que giran alrededor del sistema educativo, mejor ni hablar por ahora.
Esa hidra todavía conserva muchas cabezas ocultas.
Pero tarde o temprano también tendrán que salir a la luz.
Desde Mi Trinchera…

