Putin plantea encuentro con Trump para el 11 de noviembre

Al recibir al consejero de seguridad nacional de Estados Unidos, John Bolton, el presidente Vladimir Putin propuso este martes reunirse con su homólogo estadunidense, Donald Trump, el 11 de noviembre en París, cuando ambos coincidan en los actos para conmemorar el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial.

La fecha sugerida por Putin no es casual y demuestra que para Rusia tendrá sentido hablar de la intención de Trump de abandonar el Tratado de Reducción de Armas Nucleares de Corto y Mediano Alcance (INF, por sus siglas en inglés) sólo después de que se conozcan los resultados de las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre, sobre todo las del Senado.

Lo anterior, debido a que cualquier plan para reinstalar en Europa misiles nucleares estadunidenses de ese tipo requiere no sólo la autorización de los respectivos gobiernos que por más aliados que sean no todos están de acuerdo en convertir sus territorios en blanco de los misiles rusos, sino ingente financiamiento adicional al ya de por sí abultado presupuesto militar de Estados Unidos que debe ser aprobado por el Congreso.

Putin quiere abordar con su colega estadunidense otro aspecto del equilibrio nuclear que preocupa a Moscú: que Washington, como señalan los rumores que corren, también se niegue a prorrogar el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START, por sus siglas en inglés), firmado en Praga en 2010 y cuya vigencia expira en 2021.

A juicio de Moscú, si no se logran puntos de acuerdo en materia de equilibrio estratégico será imposible sacar la relación bilateral del punto muerto en que se encuentra.

Mientras tanto, en lo inmediato, la sola intención de Trump no es suficiente para que el INF deje de existir: el tratado tiene carácter indefinido y estipula un procedimiento de extinción –la salida se hace efectiva seis meses después de que una de las partes lo comunica por escrito a la otra–, lo cual aún no se ha activado y ello da un margen para negociar alternativas.

La visita de dos días de Bolton, quien además de reunirse con Putin por espacio de hora y media se entrevistó con tres miembros de la plana mayor de Rusia –el ministro de Defensa, Serguei Shoigu, el canciller Serguei Lavrov, y su homólogo, el secretario del Consejo de Seguridad Nacional de Rusia, Nikolai Patrushev–, sirvió para sondear el terreno respecto de la idea estadunidense de reformatear el INF.

Firmado por Moscú y Washington en 1987, el texto vigente fue el primer gran pacto de desarme nuclear cuando el mundo era bipolar. Rusia, por boca de Patrushev, no se opone a renegociar los términos del acuerdo con el fin de quitar la desconfianza recíproca, basada en que ambos llevan años habilitando resquicios –mediante la fabricación de armamento de fácil adaptación o el emplazamiento de los misiles en buques de guerra y submarinos–, para incumplir el tratado.

Trump –que quiere apuntarse un nuevo golpe de efecto, similar a la renegociación del Tratado de Libre Comercio en el Norte de América– pretende incluir en el INF a países que se sabe tienen ya armas similares a las que Rusia y Estados Unidos acordaron destruir.

En particular, la Casa Blanca cree que el Kremlin podría estar interesado en incorporar al INF a China, con el que Rusia mantiene frontera, asunto que Moscú no quiere tratar a espaldas de Pekín y, por lo que trascendió, tampoco es fácil que se pongan de acuerdo sobre cuáles deberían de ser considerados y cada uno quiere un trato especial para alguno o varios de los candidatos: Israel, Irán, India, Pakistán y Corea del Norte, entre otros.

Si fracasan las negociaciones, que en sentido estricto aún no han comenzado, Rusia tendrá que destinar más recursos a la industria militar, en detrimento de la política social, pero no dudará en colocar misiles nucleares en Kaliningrado, su enclave más occidental, para contrarrestar la eventual instalación de iguales armas en países europeos cercanos a sus fronteras.

Para el Kremlin es inaceptable la posibilidad de que un misil enemigo llegue unos minutos más rápido a suelo ruso, aunque no altere el axioma de que la respuesta rusa –con sus bombarderos estratégicos, buques de guerra, submarinos y misiles balísticos de largo alcance– será tan demoledora como inevitable.

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