Las locuras de Romario como jugador: Salidas nocturnas y sexo

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El fútbol brasileño entregó decenas de cracks. Si bien Pelé, Ronaldo Nazario, Garrincha, Ronaldinho y actualmente Neymar deben liderar los listados subjetivos de los hipotéticos rankings, hay un delantero que lo tenía todo: Romario. Con más de 700 goles en su carrera y con destacados pasos por Vasco da Gama, Flamengo, Fluminense, Barcelona y, principalmente, PSV Eindhoven, el actual senador de Brasil la rompió como centrodelantero, aunque era mucho más que un rematador dentro del área. Sus goles de puntín quedaron para la historia y será recordado como uno de los grandes jugadores de la década del 90. En una carta escrita en el portal The Players Tribune se abrió a contar cómo lidiaba su carrera entre el profesionalismo que requería su actividad y los vicios que había fuera de la cancha.

«Jamás he salido de fiesta la noche anterior a un partido. Si jugaba el domingo, salía el viernes. Nunca he fumado, tomado alcohol ni he consumido drogas. ¿Quién ha dicho que para pasarla bien hay que emborracharse? Eso sí, siempre me ha gustado mucho la noche», contó el Chapulín. Y agregó: «En algunos equipos hice acuerdos para que me permitieran irme de fiesta, aunque nunca falté a los entrenamientos. Sí, en Brasil le dije a los presidentes que quería entrenar por la tarde porque me resultaba difícil despertarme temprano. Los directivos lo sabían y después si se lo explicaban o no a los entrenadores ya no era un problema mío».

Las culturas en el fútbol son muy diferentes según el país en el que uno se encuentre jugando. Algunos entrenadores disponen las concentraciones largas y otros prefieren encontrarse con sus jugadores el mismo día del encuentro. Sin embargo, la mayoría coincidía en que era ideal que sus futbolistas no tuvieran relaciones sexuales el mismo día de los partidos, hecho que Romario no compartía demasiado. «El sexo para mí siempre fue lo mejor. A veces, el día del partido me quedaba en casa y si me despertaba con ganas tenía sexo con mi mujer y luego iba para el estadio. En el terreno de juego después me estaba rápido y relajado».

A su vez, narró que en algunas oportunidades también apareció en la cancha después de darse un chapuzón por las playas de Río de Janeiro. «Una vez mis compañeros se reunieron 24 horas antes para prepararse para un partido, mientras que yo me pasé el día en la playa. Entonces, por algún motivo, decidí que quería jugar y me fui directo al Maracaná. Llegué retrasado, los jugadores ya estaban incluso calentando y hasta tuve que ingresar al vestuario a sacarme la arena de los pies. Más allá de eso, anoté un gol y ganamos el juego», relató.

Campeón del Mundial 1994 y de las Copas Américas 1989 y 1997, Romario se erigió como una pieza clave de la selección brasileña. La mayoría de los entrenadores lo consideraban clave y solían ubicarlo como un titular indiscutible. Sin embargo, su relación con Carlos Alberto Parreira, director técnico en la Copa del Mundo de Estados Unidos, no fue la mejor dado que el DT decía que «Romario es un jugador muy peligroso al que no se lo puede dejar solo». No obstante, lo terminó convocando. «Los entrenadores sabían que si perdían tendrían que abandonar el país. ¿Qué hicieron entonces? Tuvieron que llamarme de vuelta y no sentí la presión. Estaba allá para pasarla bien y para enseñarles que tenían que haberme convocado antes», sentenció.

SIEMPRE SE CREYÓ EL MEJOR

«Me he considerado el mejor rematador de todos. Sólo si me era imposible disparar al arco pasaba la pelota a otro compañero. Era una cuestión de lógica: si soy el mejor, soy el que tiene el deber de dejar liquidado el partido porque era lo conveniente para el equipo. En el básquet sucedía lo mismo, a falta de pocos segundos le pasaban la pelota a Michael Jordan», puntualizó.

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